El hueso cantante

En cierto país lejano había una vez gran lamentación por un jabalí que arrasaba los campos de los agricultores, mataba el ganado y destrozaba los cuerpos de las personas con sus colmillos. El Rey prometió una gran recompensa a cualquiera que quisiera liberar su tierra de esta plaga, pero la bestia era tan grande y fuerte que nadie se atrevía a acercarse al bosque en el cual él  vivía. Por fin, el rey dio aviso de que todo aquel que capturara o matara al jabalí tendría a su única hija por esposa.

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El Rey Rana

Hace muchos años, cuando el desear aún le ayudaba a uno, vivía un rey cuyas hijas eran todas buenas doncellas, pero la más joven era tan bondadosa, que el mismo sol, que ha visto tanto, se detenía cada vez que iluminaba su camino.

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Cerca del castillo del rey, había una inmensa y oscura selva, y bajo un viejo árbol de lima había un pozo, y cuando el día esta muy caliente, la hija menor del rey iba a la selva a sentarse junto a la fresca fuente, y cuando se aburría, tomaba una bola de oro y la tiraba alto para capturarla. Y esta bola era su juguete favorito.

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El gato con Botas

Había una vez un molinero pobre que cuando murió sólo pudo dejar a sus hijos por herencia el molino, un asno y un gato. En el reparto el molino fue para el mayor, el asno para el segundo y el gato para el más pequeño. Éste último se lamentó de su suerte en cuanto supo cuál era su parte.

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- ¿Y ahora qué haré? Mis hermanos trabajarán juntos y harán fortuna, pero yo sólo tengo un pobre gato.

El gato, que no andaba muy lejos, le contestó:

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El abuelo y su nieto

Había una vez un hombre muy anciano, cuyos ojos no veían claro, sus oídos oían débilmente, le temblaban las rodillas, y cuando se sentaba a la mesa apenas podía sostener la cuchara, y derramaba el caldo sobre el mantel, o se le caía de su boca.

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Su hijo y la esposa de su hijo estaban disgustados por esto, por lo que el abuelo al fin tuvo que sentarse en un rincón detrás de la estufa, y le daban su comida en un cuenco de barro, y ni siquiera contenía lo suficiente. Y él solía mirar hacia la mesa con los ojos llenos de lágrimas. Una vez también, sus manos temblorosas no pudieron sostener la taza, y cayó al suelo y se rompió.

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El Sastrecillo Valiente

Cierta mañana de verano estaba un sastrecillo trabajando junto a su mesa a la orilla de la ventana, y se sentía con tan buen espíritu que cosía a lo que más podía.  

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En eso pasó por allí una señora campesina anunciando en voz alta:
 
-"¡Buenas mermeladas, deliciosas mermeladas! ¡Baratas, a muy buen precio, llévenlas!"

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Ricitos de Oro

Una tarde, Ricitos de Oro se fue al bosque y se puso a coger flores.

Cerca de allí, había una cabaña muy bonita, y como Ricitos de Oro era una niña muy curiosa, se acercó paso a paso hasta la puerta de la casita y la empujó. La puerta estaba abierta, y vio una mesa. Encima de la mesa había tres tazones con leche y miel. Uno, era grande; otro, mediano; y otro, pequeño. Ricitos de Oro tenía hambre, y probó la leche del tazón mayor. ¡Uf! ¡Está muy caliente!

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Monte Simelí

Había una vez dos hermanos, uno rico y otro pobre. El rico, sin embargo, nunca ayudaba al pobre, el cual se ganaba escasamente la vida comerciando maíz, y a veces le iba tan mal que no tenía para el pan de su esposa e hijos. Una vez, cuando el pobre iba con su carreta por el bosque, miró  hacia un lado, y vio una grande y pelada montaña, que nunca antes había visto. Él paró y la observó con gran asombro.

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El soldadito de plomo

Érase una vez veinticinco soldaditos de plomo. Todos iguales, con su uniforme impecable, la vista al frente y su fusil al hombro. Todos menos uno, al que le faltaba una pierna porque fue el último en fundir y ya no quedaba plomo suficiente. Pero precisamente porque era distinto, era el que más llamaba la atención de todos.

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Un día los soldaditos fueron regalados a un niño y llegaron a una casa llena de juguetes. De todos ellos, el castillo de papel fue el que más le gustó al soldadito de plomo. ¡Era tan bonito y grande! y además en su puerta tenía una elegante bailarina.

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Caperucita Roja

Érase una vez una niña muy bonita. Su madre le había hecho una capa roja y la niña la llevaba casi siempre, todo el mundo la llamaba Caperucita Roja.

Un día, su madre le pidió que llevase unos pasteles a su abuelita que vivía al otro lado del bosque, recomendándole que no se entretuviese en el camino, porque cruzar el bosque era muy peligroso, ya que siempre estaba acechando por allí el lobo.

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